EL PIROPO

Era una mañana soleada y calurosa, perfecta para deambular por la Feria del Libro de Madrid, con un par de horas por delante de milagrosa libertad. Entré con la familiar sensación de anticipación, con el ansia de ver nuevos libros, pero algo me detuvo y me dejó sin respiración. Un hombre hablaba por el móvil, bajo la sombra de un árbol, uno de los hombres más atractivos que había visto en mi vida. Me detuve, lo miré de arriba abajo e intenté reiniciar el camino hacia las casetas. Pero, como una alucinada con síndrome de Stendhal, me paré a prudente distancia y sentí el impulso de decirle algo. No era joven ni estaba cachas, podría pasar desapercibido como cualquier tipo maduro bien conservado, pero de sus facciones perfectas emanaba pura elegancia. ¿Qué podría decirle? ¿Lo bien que le sentaban las canas? ¿Lo fascinante de su breve caminar mientras seguía enfrascado en la conversación telefónica? ¿Lo bueno que estaba, así a lo bestia? ¿Dejarlo en un simple y casto “guapo”? Estaba entretenida dudando bajo el sol y, de paso, lo miraba encantada. De antemano sabía que la timidez solventaría las dudas, porque no me iba a atrever, de ninguna manera, a abordar al desconocido, hasta que pasó por mi cabeza otro pensamiento que, este sí, fue muy inquietante.

De repente, pasó por mi cabeza que soltarle un piropo a ese desconocido podría ser acoso, acoso callejero. Así lo definen en Twitter las feministas más radicales. Podía haber invadido su espacio, cosificar su cuerpo, invadir su intimidad, violentar su condición de hombre. Tuve que bajar los ojos para no tener la sensación de que había contemplado más tiempo de lo normal alguna parte de su anatomía que pudiera ser comprometida. ¿Cuánto tiempo le había mirado el culo? ¿Y la mandíbula perfecta que se movía al ritmo de la conversación? ¿Y la mano alargada y sensual que sostenía el teléfono? Maldita sea, no lo había cronometrado.

Y, como casi siempre, también pasó por mi cabeza mi madre. Ella me recuerda a menudo que las mujeres de su generación no podían siquiera entrar solas a un bar. Me recuerda la suerte que tuve al poder ir a estudiar a Madrid sola, sin depender de un hombre, de poder conducir, de poder trabajar, de poder hablar con ellos de igual a igual. Me sentí orgullosa de lo que las mujeres habíamos conseguido hasta ahora en un agotador recorrido, todavía sin final; la quimera de la conciliación, el coste de nuestra independencia y dignidad, la lucha por el respeto. Y me dio rabia que una horda de jovenzuelas, con mucho ganado, nos condicionen, que pretendan hacernos retroceder, imponiendo prohibiciones absurdas que resultan contraproducentes. Se manosean tanto los conceptos que acaban convertidos en plastilina, en una masa oscura,  deforme y sin contenido. Y me dio rabia que me hicieran sentir que puedo traicionar mi alma feminista por soñar un piropo, porque el derecho a la igualdad incluye los gestos recíprocos, incluye que yo también pueda decir un piropo a un hombre sin violentarle.

Recordé a mis amigos, las noches de complicidad que pasamos comentando sobre relaciones y sexo, sobre el cuerpo de unos y otros con toda naturalidad. Nunca encontré otro límite que el respeto, porque no es tan delgada esa línea que separa el piropo del insulto o la ofensa; por medio está el amplio puente de la educación y el buen gusto.

El hombre de la Feria apagó el móvil y lo guardó en el bolsillo con un gesto contrariado. Fruncía el ceño y en sus ojos había una sombra de preocupación. Una sombra que, tal vez, se hubiera mitigado si una desconocida le hubiera podido dar lo poco que tenía en su mano para animarle: un saludo, una mirada de admiración, un piropo con el pensamiento.

 

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CUESTIONES

¿Por qué cuestionarlo todo?

¿Y por qué no?

En la pregunta está la respuesta, la duda y la trampa, la salida y el laberinto, el bucle y la eterna contradicción. Me gusta girar, jugar y dar vueltas al pensamiento, torcerlo y esquinarlo, levantarle el borde del uniforme establecido, asomarme a él. Si puedo, lo desnudo y lo vuelvo a vestir con otros colores y de otras palabras. Pensar, dudar y cuestionar, remover el fango y oscurecerlo más, blanquearlo a veces para dejarme deslumbrar y volverlo transparente, sincero, como la sed que acude a una fuente cristalina. No hay miedo, sólo cansancio si me agota el preguntar, cuestionar, poner en duda lo que parece aceptarse, hay tanto y es todo lo que parece intocable. Hasta que te acercas, suavemente, con precaución y cuidado, con un gesto indoloro de curiosidad, de cortesía, y miras, dudas, y vuelves a mirar, con ternura tal vez, con admiración a veces, con indignación otras, pero te giras, te alejas un paso, regresas, y de frente miras de nuevo y quizá logras ver distinto. Me gusta ese ser distinto que aparece, esa idea que sobrevolaba sin pararse, ese mal que ahora luce bien, esa luz escondida entre las paredes del túnel. Me gusta agotarme y dejarlo. Parar de pensar y sentarme a descansar y después, mirar bajo el sofá, remover pelusas y lanzarlas al aire para que sean otras al vuelo, en otro cielo que les dé otra vida.

Cuestionar es volver a mirar, como un niño que destroza cada pieza para volver a montar su infancia, como un anciano que ama todo y no se queda con nada, como un joven que aún no es consciente de que nada es intocable y todo está a su alcance. Cuestionar, para qué, si respiras y no ves el aire, y vives y no sabes por qué. Cuestionar para ver de nuevo, para limpiar, como el mar con sus olas escupiendo la basura del fondo, echando restos de prejuicios asentados en lo profundo, pasar la mano y asear la vida, como si dejáramos nuestros asuntos a estrenar. Cuestionar para mirar con ojos de otro, para tener más, ser avaros y acumular tesoros, ahora nuestros, otros pensamientos, distintas emociones, temblores, soles y estrellas, miserias de dioses, amores humanos. Cuestionar para respetar, conocer más, ser mejor. Porque quien duda sólo sabe que sabe el valor de una respuesta.

 

 

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RENCOR

El abuelo era de rencores antiguos, sólidos y duraderos. Los fue aumentando cada día desde que su garganta aprendió a emitir los primeros gorjeos de protesta y los conservó hasta los estertores de la muerte. Su resentimiento era amplio y variopinto; se extendía a todo lo que abarcaba la vista; todo era susceptible de ser odiado porque todo era injusto a sus ojos.

El abuelo alimentaba su rencor contra todo ser viviente que ofendía sus increbrantables puntos de vista. Su propia madre puso la semilla del primer rencor que engordó su alma. Un simple despiste propició que el último cazo de sopa fuera a parar al plato del hermano del abuelo, mientras éste veía injustamente mermada la cantidad de caldo que podía comer ese día. Las protestas y los gritos que dedicó a su madre no sirvieron para reparar el agravio comparativo. Sólo obtuvo una respuesta: “come y calla”. El abuelo se tragó la furia con el poco caldo servido en el plato y, a partir de ese día, ni los lazos de sangre impidieron que el rencor guiara sus relaciones.

Tras pasar odiando la precaria postguerra, el cómodo trabajo de funcionario que desempeñó el abuelo no sirvió para mitigar su resentimiento contra el mundo y los inútiles que lo habitaban. Lanzaba su rencor contra el compañero que le birlaba los bolígrafos, contra el jefe que le endilgaba tareas de última hora, contra el panadero que quemaba las barras, contra el camarero que le llevaba la contraria sobre el tiempo o contra los pájaros que piaban alterando su sueño. Odió a vecinos y ajenos. De cerca y de lejos, le afectasen más o menos. Vio mal a Franco porque era mísero y arrogante, mal a Suárez porque la democracia permitió que todos los idiotas votaran, mal a Rajoy por ser flojo y voluble, mal a la Europa que nos desangra. Si él hubiera gobernado, todo andaría derecho a la luz de la razón y la justicia, pero los imbéciles del mundo nunca lo admitirían. Otra ofensa más.

En el instante que se vio tumbado en la cama, mientras los pulmones se negaban a recibir sus órdenes de seguir respirando, repasó uno por unos sus rencores antiguos y recientes. Se vio desgranando una lista interminable que intentó recitar con voz quebrada a su mujer, su hija y sus dos nietos, como única herencia.

“Pesan…”, les dijo entre jadeos. “Pesan estos malditos que no me dejan descansar.”

La abuela le dirigió la mirada de costumbre, la que contenía toda una vida de resignación y paciencia. “El rencor te ha hecho agonizar toda la vida. Perdona de una vez o ni la muerte querrá irse contigo.”

El abuelo miró al bebé que gorjeaba sonriente en brazos de su hija y al pequeño que bajaba la cabeza asustado. Cerró los ojos y pensó, por una vez, al cabo de los años y de incontables rencores, que algo bueno seguiría viviendo.

 

 

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RESISTENCIA

Ese momento en el que estás deseando que pase lo que temes para poder llorar a gusto tiene algo de heroico. Recuerda a los legendarios guerreros apostados tras las murallas de una ciudad acosada por el enemigo que esperan a rendir sus armas al precio más caro. Es el único momento en que puedes predecir el futuro con toda seguridad y aguardar la llegada de la tragedia para rendirte, por fin, para dejar que corra el torrente de angustia, sin parar, para dejar que la pena se diluya en lágrimas y el corazón se acomode de nuevo en el pecho.

Es ese momento en el que descubres que el enemigo apostado tras la muralla se llama incertidumbre y tiene la fuerza de mil caballos desbocados corriendo sin rumbo por un páramo desierto. Tiene el empuje suficiente para relegarte a un rincón silencioso, donde ya sólo se escucha el sonido de todo lo que la incertidumbre es capaz de inventar, donde ves con claridad todos los miedos imaginables que se perfilan en tu mente, donde se acaba todo lo posible y las soluciones agonizan, estériles. Pero toda resistencia tiene un fin; nada aguanta eternamente. Y sabes que acabará ese momento en el que temes que tu madre muera, te echen del trabajo o te corten la luz. Y esperas a que acabe la impotencia de no poder ayudar a tu hijo, a tu padre, a tu amiga, a tu compañero del alma. Y te gritas cobarde, inútil, y acusas a otros, y odias a todos. Y te desesperas para nada, porque nada en esta vida se consigue sin desesperarse, resistir y después renunciar al dolor que no conduce a nada.

En esta puñetera vida que nos dan, y nos damos, ese momento nos convierte en héroes. Que nadie te diga lo contrario.

 

 

 

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Guerra de palabras

Acababa de leer un certero artículo de Arturo Pérez Reverte sobre el acoso escolar, cuando unas voces desde la ventana atrajeron mi atención. Me acerqué a curiosear tras el cristal, mientras rememoraba la brutalidad del caso que contaba Pérez Reverte, que acabó con el suicidio de una joven maltratada por unas compañeras, harta de dolor y vergüenza, vejada, humillada y vencida a los pocos años de haber vivido.

A través de la ventana vi a una treintena de chicos y chicas de pie, arremolinados en corro, junto a un banco del parque. Ninguno parecía apreciar el sol que caldeaba el mediodía, ni querer aprovechar el recreo del instituto. Se les intuía excitados e inquietos, y el eco de sus gritos traspasaba los cristales. Permanecieron apiñados un buen rato, como dirimiendo una cuestión crucial, entre empujones y palmadas en la espalda, hasta que el círculo se abrió y quedaron dos chicos frente a frente. Sudaderas de colores, vaqueros ajustadísimos y zapatillas relucientes. El rostro de ambos serio y concentrado. Se hizo el silencio casi total en el parque. Algún impaciente incitaba a los rivales a “dar caña”. Otros le chistaban para que reinara el silencio de una vez.

Abrí la ventana de par en par, asustada, lo confieso. Es más, cogí el teléfono con aprensión y lo apreté fuerte, con la previsión de llamar inmediatamente a la policía si presenciaba alguna agresión entre los dos contrincantes. Mi recelo era inevitable y mi temor aún mayor. Por mi cabeza desfilaron imágenes de peleas, patadas, sangre y vidas rotas. Todas pasando demasiado a menudo por los informativos y tristemente ignoradas al día siguiente, cuando se calma el primer impacto y se acallan las voces de las víctimas. Temblé de temor y expectación…

Hasta que les escuché cantar… O entonar, o rimar. O dicho con propiedad: les oí rapear.  El chico de la izquierda enlazó seis versos con cierto arte y fue jaleado entre aplausos. El de la derecha le respondió a su vez con rimas apresuradas y palabras a trompicones. Carcajadas y más aplausos. Sonreí intentando captar alguno de los versos que entonaban por turnos, pero apenas pude rescatar palabras como: profesor, mejor, alianza, confianza, mensaje, homenaje, amigo… Los presentes gritaban: “rápido, vamos, otro tema”. Y sonreí de nuevo.

La “guerra” de raperos improvisados acabó con el timbre lejano del instituto. De vuelta a las clases,  el corro se disolvió animadamente con más empujones y palmadas felicitando a los “guerreros”.

No sé quién ganó. Pero creo que ganaron los dos que jugaron con palabras, los que pelearon inventando poesía, los que corearon versos e imaginación. Y a mí me hicieron ganar un instante de fe. La juventud es esperanza, dicen… De ellos hay que esperar que sepan elegir las palabras para escribir el futuro. Y ninguna sea odio, dolor o muerte.

 

Aquí os dejo el artículo de Arturo Pérez Reverte. Es imprescindible no olvidar…

“Esas jóvenes hijas de puta”

 

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SÍ, PERO NO…

 

La inercia de los meses pasados trabajando en una biblioteca me ha dejado un poso de pereza a la hora de juntar letras y mi ánimo se decanta por perderse en la delicia de degustar otras letras escritas con atinada inteligencia. Acabo de cerrar una magnífica novela firmada por Use Lahoz, “Los Baldrich”, escrita hace ya algunos años, pero que convendría ser recordada porque contiene la historia de una familia a través del tiempo, con sus triunfos y miserias, y su vida podría ser la nuestra en muchos momentos. Los grandes autores (reconocidos, desconocidos o injustamente olvidados) aportan la visión que tantas veces nos cuesta ofrecer de nosotros mismos. Ellos tienen las palabras y la clave para ordenarlas sin que tengamos que hacer el soberano esfuerzo de sintetizar nuestro pensamiento en 140 caracteres o extenderlo sin medida en un intenso y apasionado novelón que dé cuenta de nuestros padecimientos diarios, supuestos o reales.

De modo que yo sería feliz regocijándome en esta maravillosa inercia de letras prestadas que acomodan las sensaciones y trasladan las percepciones a una blanca e inmaculada página, sin preocuparme de sacarlas a la luz (y sin que a nadie le importe un bledo, francamente, a lo Rhett Butler) Seguiría feliz, con un café o una caña, según la hora, leyendo los magistrales artículos de Carlos Mayoral (@laVozdeLarra) o los de mi amigo @EduardoLagar en La Nueva España y, por supuesto, me perdería gustosamente y sin GPS por el completísimo universo literario que ha impulsado Arturo Pérez Reverte en Zenda.

Feliz sí, pero…

Decía Francis Bacon que “la lectura hace al hombre completo; la conversación lo hace ágil, el escribir lo hace preciso.”

Y mis inevitables repasos por la actualidad y las vicisitudes tuiteras me empujan a dejar ordenadas y por escrito algunas precisiones. Equivocadas, viscerales o insustanciales, seguramente, pero aquí van..

  • Todo el mundo tiene una opinión y el derecho a usarla. Si no estás dispuesto a escucharla, mejor huye a una isla desierta donde las redes sociales aún no hayan hecho un nido en cada palmera.
  • Todos odiamos algo (o a alguien que nos recuerda a ese algo) No es un juego de palabras; la realidad es que nos mueven las tripas, somos viscerales y egoístas, y muchas veces es una cuestión de supervivencia.
  • Refugiarse en el anonimato para insultar o cuestionar todo lo que se mueve bajo el sol sirve para escupir frustraciones. Es tan humano como hacer oídos sordos a los anónimos para preservar nuestra maltrecha salud mental.
  • Contar nuestra vida al detalle porque no existe nada más interesante bajo el sol es igual de humano. Cerrar ojos y oídos vuelve a ser el posible remedio, pero tampoco cuesta tanto atender (un rato) a quien necesita hacerse oír, ¿o no?
  • Quien esté libre de soledad que tire la primera piedra. Quien no sea capaz de ayudar a otro a sobrellevar el peso de sus respectivas soledades, ya sabe dónde está la isla desierta.
  • El humor es un bálsamo, pero a veces se retuerce con ironía o deriva en un sarcasmo cruel. Y pierde toda la gracia. En ocasiones veo esos “memes” que mi neurona traduce como “memos”. Muchas risas sí, alarde de ingenio, sí. Pero qué penosa y desperdiciada inventiva.
  • La crítica deja de ser constructiva cuando se convierte en un dardo que atraviesa la autoestima (llámese el corazón) de otro. Y algunos disparan sin saber lo que dejan herido, mutilado o muerto.
  • La invasión de las marcas (más temible aún que la de los extraterrestres) ha convertido a las personas en usuarios. Gran error. Nadie está a la venta por querer compartir o compartirse.
  • Y sí. Estamos en las redes sociales y opinamos (más o menos), pero no por ello dejamos de ser personas respirando sentimientos. Por mucho que nos tachen de usuarios, gente, casta, pueblo, votantes, tribu, tuiteros o el próximo palabro calificativo de cara al 26-J…
  • Los que se fueron por hastío, cansancio, desamor, insatisfacción o puro desinterés siguen ahí. Los que abandonaron dolidos siguen sintiendo. Los que están en silencio también son una voz. Nunca hay que olvidarlos.
  • La vida, de cualquier forma y en cualquier parte, somos todos.

 

 

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TE AMO Y TE ODIO

Vivimos entre contradicciones, nadie puede negarlo. Pensamos algo y decimos lo contrario; queremos una cosa y hacemos la opuesta. Tomamos una determinación un día y, al siguiente, la cambiamos por otra distinta. “Afirmación y negación que se oponen una a otra y recíprocamente se destruyen”. La RAE define así la palabra contradicción, un proceso del que podríamos concluir que los opuestos se destruyen.  ¿Seguro, siempre? Quizá también nos crean. De nuestras contradicciones salimos y con ellas avanzamos. No siempre por el camino recto, es cierto; damos bandazos por recodos desconocidos o nos detenemos en cruces sin salida, pero continuamos porque no hay más opción; todo nos empuja hacia otra decisión, todo lo que nos rodea nos obliga a dudar entre nuevas elecciones y a contradecirnos una y otra vez.

Leo y escucho cómo nos influyen los otros. Cómo crean nuestras contradicciones. Nos incitan a elegir, nos instan a decidir amores y odios, en el trabajo, en la campaña electoral, en las compras de los regalos navideños, en la vida que anhelas y no alcanzas. Se vierten miles de opiniones al día en los medios, en las redes sociales; apelan a nuestras vísceras, exaltan nuestras emociones. Nos impulsan a decantarnos en favor o en contra. Y allá vamos de cabeza a decidir. Hay que posicionarse obligatoriamente, ¿o no? Tenemos que proclamar a los cuatro vientos si amamos u odiamos a éste o a aquel, si apoyamos tal causa o denunciamos aquella otra. Y nos moldean los sentimientos, nos estiran las emociones y, en esa charca turbia de impulsos oscuros, tenemos que rebuscar una afirmación, una negación, o nada.

La batalla para ser consecuentes entre lo que sentimos, decimos y hacemos es de las más cruentas que libramos cada día. Y al final, parece que gana el hartazgo, ese regustillo de rencor, esa pizca de envidia, que nos lleva a decantarnos por el odio, el griterío, la queja fácil, el “me opongo a todo”. Quizá sea la manera de defendernos de la destrucción de fuera, quizá sea una muralla exterior creada a base de ladrillos de “no”. Quizá dentro gane el cariño por lo nuestro que aún nos sostiene y nos crea: los paisajes cercanos y los sueños intocables.

Ahora pienso así. Quizá, dentro de un rato, opine lo contrario.

Pero lo que cada cual sienta en silencio, eso sí. Eso es lo inmutable.

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