EL BESO Y LAS NUBES

Llegar al beso nos costaba tiempo y esfuerzo. A los ocho años, sentía que me acercaba a la vejez, cansada y madura como nunca, después de atravesar tantas vicisitudes frente a la pantalla. Casi dos horas de contemplación y suspiros, la tele caliente, y un puñado de pipas o palomitas a medio camino entre la boca y el sofá. Él o ella, o los dos, tenían que atravesar duras pruebas antes de que sellaran su amor uniendo los labios. Y the end. Teñidos de blanco y negro o coloreados, siempre elegantes, aunque hubieran estado en la guerra, en la selva o pisando el asfalto de ciudad: impecable Cary Grant, altivo Gregory Peck, tierno James Stewart. El instante se acercaba y contenía la respiración. En mi mundo de finales felices, los protagonistas debían quedarse juntos para toda la eternidad como mínimo, que para eso se lo habían currado. O al menos, darse un beso, la representación perfecta de esa eternidad. Toda una vida en dos horas. Frente a frente, él hacia la derecha, ella hacia la izquierda, o al revés, iniciaban esa especie de coreografía perfecta, ladeaban la cabeza, el cuello en tensión, el rostro serio, el gesto concentrado, la mirada fija en los ojos del otro, tan honda que ni un parpadeo la turbaba, la imagen más cerca, se ceñía el abrazo y llegaba por fin. La culminación, el beso. El amor existe y es así. Tiene que ser así, el último paso de baile. El beso apretado, suave, apremiante, intenso. Suspiro… Y la voz de mi madre. “Es de mentira. Los junta la cámara.” Esa voz se oía siempre a lo lejos, atravesando el pasillo desde la cocina, como un tornado que arrasaba mis gigantescas ilusiones. El corazón latiendo, los pulmones abiertos y el aire tóxico de las palabras de mi madre entrando por todas las rendijas de mi ser de par en par. ¿Cómo? ¿Este beso tampoco es de verdad? ¿Por qué? ¿Por qué no puede ser de verdad?

En algún momento de mi vida perdí la cuenta de las veces que contemplé un beso de película y las veces que mi madre decidió ahogarlo en un chaparrón de realidad. Si alguna vez intentó proteger mi inocencia, los intentos fallaron, porque más tarde comprobé cómo John Malkovich devoraba con maestría a Michelle Pfeiffer y Kevin Kline culminaba con Jamie Lee Curtis el orgasmo más absurdo y antológico del cine frente a mis ilusos ojos.

Esas ilusiones no cesan, mire donde mire, se mueven igual que los fotogramas, igual que los actores y su coreografía de amor eterno, igual que las nubes a las que interrogamos mientras atraviesan el cielo. Ilusiones en la pantalla más inmensa. Contienen respuestas, siempre, igual que el color de unos ojos, tan cambiantes como la luz que reflejan. Sean correctas o equivocadas, valen para vivir nuestra eternidad de dos horas en dos horas. Como mínimo.

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“Al inventarse el cine las nubes paradas en las fotografías comenzaron a andar.”

(Ramón Gómez de la Serna)

 

“Inútilmente interrogas.
Tus ojos miran al cielo.
Buscas detrás de las nubes,
huellas que se llevó el viento.

Buscas las manos calientes,
los rostros de los que fueron…”

(José Hierro)

 

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LA PIEDRA

 

Aún recuerdo el día que caí.

La tierra tembló de improviso y con un profundo crujido, su piel se rasgó y en un lamento, mis hermanas y yo nos desprendimos de ella, de la montaña que era sostén y reposo, de la madre que fue abrigo y cuidado. Aún recuerdo que rodé enloquecida, asustada y sola, más diminuta cada vez, hasta llegar aquí, a la nada que nadie entiende y todo lo repite. Ahora sé que duelo y enseño, aquí, en mitad de ninguna parte, condenada al infinitivo sin forma, solo ser, eterna e inmutable, en medio de pasado, presente y futuro, mientras ellos, ciegos, no me ven. Tropezaron, tropiezan y tropezarán.

Y yo solo puedo callar.

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EL VELO TRANSPARENTE

 

Cuando ella amaba las fuerzas de la naturaleza estallaban

en una fiesta que las gentes del lugar temían porque no sabían

dónde caería el rayo ni dónde se desbordaría el río,

dónde rompería el trueno que pusiera fin a la agonía

que ella paseaba después con soledad estrenada ante los vecinos

calle arriba: cabeza alta, pisar lento,

labios rotos, ojos negros,

lágrimas secas, corazón manso.

Un velo oscuro rodeaba su mirada triste cuando

una noche de tormenta el mar lo depositó junto al faro.

Estaba destrozado por el empuje de las olas que sólo dejaron

la espuma breve para calmar el daño y un lecho de arena turbia

donde ella se arrodilló para probar su sal, para rozar su piel.

Por primera vez entendió que el amor tendría que ser

silencio para sanar y tiempo para comprender,

despacio,

ante la quietud del sol y el sosiego de la noche,

reparó sus heridas y bebió de la imagen que susurraba

ante sus ojos ciegos

palabras negras para alimentar el alma.

En sus brazos lo llevó: cabeza alta, camisa abierta, labios ardientes,

calle arriba, entre las gentes que se giraban al verla,

pobre loca,

abrazada a un libro roto que escupió el mar.

Una sonrisa brotó como respuesta y una carcajada estalló

en el aire que removió las nubes y empujó la lluvia por el cauce del río,

acariciando la tierra hasta llegar a la orilla donde un trueno silencioso

rasgó el velo,

rompió la soledad maldita con amor transparente,

abrió los ojos limpios y él volvió a existir,

a contarle que vivía

en palabras inmortales

que jamás la abandonarían.

 

#poemasdeamor

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DESENLACE

 

Una leve brisa enlaza la melena de ella al flequillo de él,

bajo el árbol de pie,

las frentes se separan cuando las miradas mienten,

la verdad se niega ante los ojos nuevos que no ven,

los labios no alcanzan, no se rozan, y tiembla la piel sin sustento,

flota el desacuerdo que navega en el silencio,

que agita la brisa al son de hojas secas,

que mata colores a punto de nacer.

Suena el eco vacío de un parque, escenario de la soledad,

donde unos ojos antiguos miran y temen,

desde el banco de enfrente, únicos testigos del desenlace.

Y cuando, al fin, el deseo se va,

el viento dispersa la luz que aún perfila el atardecer.

Es entonces cuando las palabras se alzan para dejar de ser.

Ella grita, él niega, ella se aleja, él la mira.

Ninguno pudo vencer.

 

Los ojos antiguos callan y ven.

Unidos se cierran, juntos suspiran,

musitan al tiempo un lamento, un quejido,

una oración por los amantes rendidos antes de continuar.

No saben querer, amor,  no saben,

repiten a la vez.

 

La oscuridad se acerca y los rodea.

Es el fin del atardecer.

Arropa las dos figuras encorvadas sobre el banco,

descansan cincuenta años de compañía

entre los pliegues de la vieja piel de manchas ocres,

coronada por blanco pelo que el viento ha detenido.

Se enlazan con mano trémula,  guardan su miedo a pesar de todo,

unidos al temor del último acto que llegará pronto,

el triunfo final que no tendrá ni vencedora ni vencido.

Aguantaremos una vez más,

ni tú ni yo somos batalla,

gemido o grito en un mutis por el foro,

ni sangre ni herida.

Serán silencio y testimonio en el escenario del parque solitario,

sin espectadores que aplaudan la elegante despedida,

sin vítores que reconozcan los años ganados al tiempo,

con el impulso de vivir respirando sin medida.

Ahora, con el último aliento

ellos sienten, con sabiduría antigua,

que nada se podrá repetir,

que nada se enseña si no se experimenta antes,

juntos, el dolor y la alegría, son dos siempre unidos

a la espera del eterno desenlace.

 

#poemasdeamor

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EL PIROPO

Era una mañana soleada y calurosa, perfecta para deambular por la Feria del Libro de Madrid, con un par de horas por delante de milagrosa libertad. Entré con la familiar sensación de anticipación, con el ansia de ver nuevos libros, pero algo me detuvo y me dejó sin respiración. Un hombre hablaba por el móvil, bajo la sombra de un árbol, uno de los hombres más atractivos que había visto en mi vida. Me detuve, lo miré de arriba abajo e intenté reiniciar el camino hacia las casetas. Pero, como una alucinada con síndrome de Stendhal, me paré a prudente distancia y sentí el impulso de decirle algo. No era joven ni estaba cachas, podría pasar desapercibido como cualquier tipo maduro bien conservado, pero de sus facciones perfectas emanaba pura elegancia. ¿Qué podría decirle? ¿Lo bien que le sentaban las canas? ¿Lo fascinante de su breve caminar mientras seguía enfrascado en la conversación telefónica? ¿Lo bueno que estaba, así a lo bestia? ¿Dejarlo en un simple y casto “guapo”? Estaba entretenida dudando bajo el sol y, de paso, lo miraba encantada. De antemano sabía que la timidez solventaría las dudas, porque no me iba a atrever, de ninguna manera, a abordar al desconocido, hasta que pasó por mi cabeza otro pensamiento que, este sí, fue muy inquietante.

De repente, pasó por mi cabeza que soltarle un piropo a ese desconocido podría ser acoso, acoso callejero. Así lo definen en Twitter las feministas más radicales. Podía haber invadido su espacio, cosificar su cuerpo, invadir su intimidad, violentar su condición de hombre. Tuve que bajar los ojos para no tener la sensación de que había contemplado más tiempo de lo normal alguna parte de su anatomía que pudiera ser comprometida. ¿Cuánto tiempo le había mirado el culo? ¿Y la mandíbula perfecta que se movía al ritmo de la conversación? ¿Y la mano alargada y sensual que sostenía el teléfono? Maldita sea, no lo había cronometrado.

Y, como casi siempre, también pasó por mi cabeza mi madre. Ella me recuerda a menudo que las mujeres de su generación no podían siquiera entrar solas a un bar. Me recuerda la suerte que tuve al poder ir a estudiar a Madrid sola, sin depender de un hombre, de poder conducir, de poder trabajar, de poder hablar con ellos de igual a igual. Me sentí orgullosa de lo que las mujeres habíamos conseguido hasta ahora en un agotador recorrido, todavía sin final; la quimera de la conciliación, el coste de nuestra independencia y dignidad, la lucha por el respeto. Y me dio rabia que una horda de jovenzuelas, con mucho ganado, nos condicionen, que pretendan hacernos retroceder, imponiendo prohibiciones absurdas que resultan contraproducentes. Se manosean tanto los conceptos que acaban convertidos en plastilina, en una masa oscura,  deforme y sin contenido. Y me dio rabia que me hicieran sentir que puedo traicionar mi alma feminista por soñar un piropo, porque el derecho a la igualdad incluye los gestos recíprocos, incluye que yo también pueda decir un piropo a un hombre sin violentarle.

Recordé a mis amigos, las noches de complicidad que pasamos comentando sobre relaciones y sexo, sobre el cuerpo de unos y otros con toda naturalidad. Nunca encontré otro límite que el respeto, porque no es tan delgada esa línea que separa el piropo del insulto o la ofensa; por medio está el amplio puente de la educación y el buen gusto.

El hombre de la Feria apagó el móvil y lo guardó en el bolsillo con un gesto contrariado. Fruncía el ceño y en sus ojos había una sombra de preocupación. Una sombra que, tal vez, se hubiera mitigado si una desconocida le hubiera podido dar lo poco que tenía en su mano para animarle: un saludo, una mirada de admiración, un piropo con el pensamiento.

 

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CUESTIONES

¿Por qué cuestionarlo todo?

¿Y por qué no?

En la pregunta está la respuesta, la duda y la trampa, la salida y el laberinto, el bucle y la eterna contradicción. Me gusta girar, jugar y dar vueltas al pensamiento, torcerlo y esquinarlo, levantarle el borde del uniforme establecido, asomarme a él. Si puedo, lo desnudo y lo vuelvo a vestir con otros colores y de otras palabras. Pensar, dudar y cuestionar, remover el fango y oscurecerlo más, blanquearlo a veces para dejarme deslumbrar y volverlo transparente, sincero, como la sed que acude a una fuente cristalina. No hay miedo, sólo cansancio si me agota el preguntar, cuestionar, poner en duda lo que parece aceptarse, hay tanto y es todo lo que parece intocable. Hasta que te acercas, suavemente, con precaución y cuidado, con un gesto indoloro de curiosidad, de cortesía, y miras, dudas, y vuelves a mirar, con ternura tal vez, con admiración a veces, con indignación otras, pero te giras, te alejas un paso, regresas, y de frente miras de nuevo y quizá logras ver distinto. Me gusta ese ser distinto que aparece, esa idea que sobrevolaba sin pararse, ese mal que ahora luce bien, esa luz escondida entre las paredes del túnel. Me gusta agotarme y dejarlo. Parar de pensar y sentarme a descansar y después, mirar bajo el sofá, remover pelusas y lanzarlas al aire para que sean otras al vuelo, en otro cielo que les dé otra vida.

Cuestionar es volver a mirar, como un niño que destroza cada pieza para volver a montar su infancia, como un anciano que ama todo y no se queda con nada, como un joven que aún no es consciente de que nada es intocable y todo está a su alcance. Cuestionar, para qué, si respiras y no ves el aire, y vives y no sabes por qué. Cuestionar para ver de nuevo, para limpiar, como el mar con sus olas escupiendo la basura del fondo, echando restos de prejuicios asentados en lo profundo, pasar la mano y asear la vida, como si dejáramos nuestros asuntos a estrenar. Cuestionar para mirar con ojos de otro, para tener más, ser avaros y acumular tesoros, ahora nuestros, otros pensamientos, distintas emociones, temblores, soles y estrellas, miserias de dioses, amores humanos. Cuestionar para respetar, conocer más, ser mejor. Porque quien duda sólo sabe que sabe el valor de una respuesta.

 

 

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RENCOR

El abuelo era de rencores antiguos, sólidos y duraderos. Los fue aumentando cada día desde que su garganta aprendió a emitir los primeros gorjeos de protesta y los conservó hasta los estertores de la muerte. Su resentimiento era amplio y variopinto; se extendía a todo lo que abarcaba la vista; todo era susceptible de ser odiado porque todo era injusto a sus ojos.

El abuelo alimentaba su rencor contra todo ser viviente que ofendía sus increbrantables puntos de vista. Su propia madre puso la semilla del primer rencor que engordó su alma. Un simple despiste propició que el último cazo de sopa fuera a parar al plato del hermano del abuelo, mientras éste veía injustamente mermada la cantidad de caldo que podía comer ese día. Las protestas y los gritos que dedicó a su madre no sirvieron para reparar el agravio comparativo. Sólo obtuvo una respuesta: “come y calla”. El abuelo se tragó la furia con el poco caldo servido en el plato y, a partir de ese día, ni los lazos de sangre impidieron que el rencor guiara sus relaciones.

Tras pasar odiando la precaria postguerra, el cómodo trabajo de funcionario que desempeñó el abuelo no sirvió para mitigar su resentimiento contra el mundo y los inútiles que lo habitaban. Lanzaba su rencor contra el compañero que le birlaba los bolígrafos, contra el jefe que le endilgaba tareas de última hora, contra el panadero que quemaba las barras, contra el camarero que le llevaba la contraria sobre el tiempo o contra los pájaros que piaban alterando su sueño. Odió a vecinos y ajenos. De cerca y de lejos, le afectasen más o menos. Vio mal a Franco porque era mísero y arrogante, mal a Suárez porque la democracia permitió que todos los idiotas votaran, mal a Rajoy por ser flojo y voluble, mal a la Europa que nos desangra. Si él hubiera gobernado, todo andaría derecho a la luz de la razón y la justicia, pero los imbéciles del mundo nunca lo admitirían. Otra ofensa más.

En el instante que se vio tumbado en la cama, mientras los pulmones se negaban a recibir sus órdenes de seguir respirando, repasó uno por unos sus rencores antiguos y recientes. Se vio desgranando una lista interminable que intentó recitar con voz quebrada a su mujer, su hija y sus dos nietos, como única herencia.

“Pesan…”, les dijo entre jadeos. “Pesan estos malditos que no me dejan descansar.”

La abuela le dirigió la mirada de costumbre, la que contenía toda una vida de resignación y paciencia. “El rencor te ha hecho agonizar toda la vida. Perdona de una vez o ni la muerte querrá irse contigo.”

El abuelo miró al bebé que gorjeaba sonriente en brazos de su hija y al pequeño que bajaba la cabeza asustado. Cerró los ojos y pensó, por una vez, al cabo de los años y de incontables rencores, que algo bueno seguiría viviendo.

 

 

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